Sigmund Freud
De la pasión por el descubrimiento
al descubrimiento de la pasión.

Mucho se ha hablado de este buen señor polémico más por defecto que por acción. Se ha elevado vindictas en contra y a favor, se ha cuestionado sus conceptos y su particularísima metapsicología, el psicoanálisis. A diario se utilizan palabras que tienen el especial sentido que él les atribuyó para edificar su teoría... al mismo tiempo se lo acusa de no haber tenido en cuenta tal o cual acontecer de la vida anímica humana y haberse excedido en la forma de considerarla.
Para muchos se trata de un "gran escritor", para otros, de un científico ya hace tiempo superado. No falta quién lo tenga por un "advenedizo" o por un "gran fabulador". De aquí y allá, aparecen comentarios sobre este viejito que vemos en la foto. Algunos insisten en llamarse Freudianos otros, no cesan de advertir a cerca de los peligros de la terapia psicoanalítica.
Pero, ¿quién fue Sigmund "Segismund" Schlomo Freud?
Hacer una semblanza biográfica de un personaje del cual se ha hablando y escrito tanto y desde tantas maneras y posiciones distintas es sin dudas algo difícil y más que difícil aún, agobiante. Hay muchos datos, hay un profuso epistolario de Freud con sus discípulos, con sus amigos, con personalidades de renombre internacional como la Actriz Hilda Doolittle, los hermanos Zweing, H.G. Wells, Einstein. Además de su obra escrita, las biografías, los miles de testimonios de gente que lo conoció, desde su ama de llaves a pacientes.
Por lo que, resignando todo lo que hace a datos, prefiero dar con un rasgo característico de Freud que va más allá de todo y que es realmente incuestionable: su pasión.
La pasión de Sigmund es realmente el rasgo característico. Es el mismísimo sostén de su vida y sus elecciones. Imaginémonos por un rato, a este viejito que vemos en la foto y retengamos en la mente que hasta el último día de su vida y tras 16 años de lidiar con un cancer y tres operaciones, y una hija muerta (su favorita) y un nieto muerto (el hijo de su hija favorita), sigue ahí, como lo vemos, escribiendo, pensando, tratando de darle forma a ese aparato teórico que él mismo armó para tratar de dar cuenta de aquel fragmento de la realidad psíquica que él mismo sabe que es pequeñísimo respecto del gran conjunto que jamás podrá develar. Sabiendo de entrada que el aparato que perfecciona está destinado a fracasar, a ser restaurado, re-hecho, abandonado. Sin embargo, ahí está... en estos últimos momentos, con la misma pasión furiosa que le estallaba en el alma, y que el intentó durante toda su vida de dosificar, de canalizar, de tal manera de no sacrificar su fuerza ni de que se pierda en un sinfin de direcciones con la misma constancia que lo llevó a trabajar gran parte de su vida 10 horas diarias en consultorio y unas tres o cuatro horas más de escritura.
Creo que es un rasgo que no se rescata lo suficiente y que va mucho más allá de quién fue o quién no fue Freud. Pero lo traigo a colación no para enzalzarlo si no para mostrar más allá de él, que cuando un adolescente como el pequeño Segismundo cuando se propone lograr una gran meta, si invierte toda su vida en ello, tarde o temprano, puede lograrlo.
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