Comentario Crítico:
La poesía de Rainer María Rilke

Uno de los poetas de lengua alemana más importantes de principios de siglo XX fue Rainer María Rilke. La crítica considera como obras fundamentales de este autor: Elegías de Duino (1912-1922) y Sonetos a Orfeo (1922). Rilke en Sonetos a Orfeo se permite modificar la estructura clásica de la forma poética del soneto, ya que los sonetos no son todos regulares.
Hemos seleccionado para analizar el soneto III de la II parte de los Sonetos a Orfeo el cual pertenece al Dinggedicht (“poesía-cosa”), o como Rilke lo llamaba “cosa de arte”1. Rilke influenciado por los artistas de Worpswede, toma la idea de una corriente artística del siglo XIX, donde transpone la idea de escultura a la poesía. En la Dinggedicht nada queda al azar: cobran la característica fundamental de todo cuadro o escultura, es decir, cada poema es una unidad en sí mismo.
Nos encontramos ante un soneto que posee los catorce versos: compuesto por dos cuartetos y dos tercetos; en el cual el rasgo definitorio es el espejo.
En el primer cuarteto Rilke nos presenta el tema del soneto desde el primer verso: los espejos. El espejo es el lugar utópico del tiempo, ya que en él la temporalidad no existe, como Rilke lo señala magníficamente en el tercer verso del primer cuarteto: “Vosotros, como intersticios del tiempo”2. Como señalan los estudios sobre la poesía rilkeana los espejos simbolizan para nuestro poeta el lugar donde los objetos son “desmaterializados”, el lugar donde el hombre no puede poseerlos o manipularlos, sólo puede contemplarlos.
En el segundo cuarteto, amplia y desarrolla las características de los espejos. Como sabemos el espejo refleja todo tipo de imágenes, duplicándolas, sin importar que se encuentra frente a él: ya sea un ser animado o inanimado. Una sala vacía, habitación limitada de espacio, por esta multiplicidad “inútil” de los espejos se crea la ilusión de vastedad, extensión como los bosques al atardecer, el efecto del sol prolonga las sombras de los árboles creando la ilusión de ilimitación. Por esto, Rilke considera a los espejos derrochadores de realidad.
En el primer terceto, expresa el sentimiento que le produjo ver a los artistas de Worpswede colocar los cuadros frente al espejo para saber si era una buena pintura.
Y por último, en el terceto final alude al Narciso de la mitología, que él mismo es como si fuera una pintura frente al espejo contemplándose para confirmar su virginal belleza intacta.
Por lo tanto, se puede considerar al espejo como el Das Ding de la Dinggedicht de este soneto de Rilke, en el que aparecen dos dimensiones poéticas: la autoidentidad, que le otorga una libertad en el tiempo: “deja de estar adscrito a un momento de inspiración (...) y que por lo tanto no siempre es recuperable por el lector y pasa a ser algo idéntico a si mismo...”3. Y la interpersonalidad, la lectura del mismo se convierte en contemplación de aquello que se presenta indiferente y pasivo.
1 Rilke, Rainer María, Elegías de Duino / Sonetos a Orfeo, Cátedra Letras Universales, Madrid, 2001, pág 23.
2 Rilke, Rainer María, Sonetos a Orfeo, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2002, pág 107.
3 Rilke, Rainer María, Elegías de Duino / Sonetos a Orfeo, Cátedra Letras Universales, Madrid, 2001, pág 24.
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